lunes, 23 de septiembre de 2013



Son más de las ocho de la tarde de un domingo de Septiembre y me encuentro un espacio dónde escribir en público, tengo cientos de relatos que nunca me he atrevido a enseñar a nadie, pero quizá, solo quizá se éste el principio de un diario.

  Ayer me levanté pronto y sin dolor, hacía tiempo que no pasaba. Un día precioso por delante. 

Desayuno, ducha y al río con los perros, felicidad completa.

Entonces me he dado cuenta de lo sola que estaba, durante más de tres años he sufrido dolor, dolor constante y, ahora en la distancia, veo que además de limitar mis movimientos me cambió el carácter, estoy irritable y de vez en cuándo ya no soy la de siempre.

Vivir con dolor es duro, solo quien lo sufre lo sabe. Siempre digo que soy una persona alegre y que eso me salva pero creo que es todo lo contrario, las compañías que he tenido anteriormente se esfumaron junto con mi alegría.

A ti, a ti que me conociste y te sentiste atraído por mi alegría, a ti, al que hice reír, que te consolé cuándo estabas triste, has desaparecido cuándo ha aparecido el dolor, ya no soy divertida. Ya no soy fuente, soy sumidero, como tu lo fuiste en su día.

A ti, que he disculpado tu mal genio y tu mala educación mil veces, que he sido la persona a la que llamar en los momentos difíciles, ya no me necesitas.

No voy a echarte de menos, pero no sabes cuánto te has perdido porque nunca has mirado dentro de mi, no sabes nada de mi alma, quizá porque no sabes nada de almas, quien sabe...

A ti, que crees que escribo de otra persona, no, eres tu.

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